Timidez hispana



Borges habló en su momento de una adorable quietud hispana, así como de un calor y una amistad que son difíciles de encontrar en culturas occidentales distintas a aquellas donde se habla la lengua de Machado o Rulfo. Sin embargo, un reverso existencial, cultural y político, un envés de esa atractiva calidez podría recorrer las latitudes de nuestra cultura. En casi todas las naciones del universo hispano encontraremos un constante déficit en la modernización, sobre todo en lo que atañe a la simple conciencia nacional, al orgullo y la firmeza universales de ser así, como somos, bolivianos, chilenos o colombianos. Hay entre nosotros un complejo de inferioridad, una timidez cuasi ontológica que implica que el término medio de las naciones hispanas tengan una débil consistencia, una conciencia temblorosa de su identidad en la arena internacional. Y no sólo eso, pues la debilidad, a la fuerza, opera primeramente hacia dentro.

Ser cosmopolitas exige encontrar un lugar en la desprotección, ser capaces de navegar en el vértigo y la soledad de lo universal. Pero hace tiempo que la sentimentalidad hispana encuentra excesivamente fría y desolada la planicie de lo mundial. A diferencia de Italia, nos hemos refugiado en una cálida bonhomía que enrojece un poco ante la incertidumbre de cualquier gesta histórica, como si tuviéramos algo muy peculiar de lo avergonzarnos, algo más que cualquier otra cultura o nación. Esta ingenua retirada se produce en nosotros -hay que recordarlo- al margen del tamaño, la riqueza económica, la potencia natural o la población de los distintos países. Y lo grave es que si falla esta cuestión de la resolución exterior, y su correlato de poder estatal, todos los otros elementos de una modernización, sean el cine, la ciencia o la economía, quedan sueltos, descabezados, sin suelo.

Es lo que decía el penúltimo embajador estadounidense, poco antes de hacer las maletas: "Lo único que no me gusta de España es lo poco que se quiere sí misma". Pero un parecido síndrome lo podemos encontrar en todos nuestros parajes. El caso de México, una nación que actualmente tiene 120 millones de personas, con casi 20 millones más en Estados Unidos, es bastante rotundo. Para empezar, mantiene con el poderoso vecino del norte una actitud ingenua, un poco mendicante y acomplejada que resulta parecida a la que España, gobernando la derecha o la izquierda, mantiene con la Comunidad Europea. Dentro de su vigorosa pujanza, hay pocas dificultades mexicanas -la desigualdad social y la pobreza, la educación, la indolencia estatal y el nivel de delincuencia, el racismo interno que castiga a distintas minorías- cuyos signos no tengan una relación más o menos directa con una dubitativa conciencia nacional y la consiguiente fragilidad de las instituciones estatales, tanto hacia el interior como hacia el exterior.

En cuanto a la hispanidad es posible que Unamuno sea más rotundo, pero encontramos ya que el particularismo que Ortega denuncia en España invertebrada -un fenómeno que él sitúa, más que en Cataluña o el País Vasco, en el Poder central- se debe a una especie de ingenuidad que justifica la dimisión histórica. Según lo describe Ortega en el Capítulo V de ese extraño y todavía vigente libro, el problema de España no son los secesionismos periféricos, sino, por así decirlo, el separatismo de Madrid con respecto a lo que sería la audacia mínima que necesita una nación moderna para mantenerse y proyectarse en el mundo. Cuando falla esa audacia externa, falla también la cohesión interna. "Será casualidad -comenta el autor de Meditaciones del Quijote-, pero el desprendimiento de las últimas posesiones ultramarinas parece ser la señal para el comienzo de la dispersión intrapeninsular". Igual que en todo cuerpo orgánico, la debilidad hacia afuera parece revertir casi automáticamente contra el adentro. "Castilla ha hecho a España, y Castilla la ha deshecho".


Olga Orozco, 
los ojos de la noche

por César Seco




1

Cuánto de noche se le escurría en el sueño. Cuánto de sueño fue convirtiendo su alrededor en sombra. La realidad se le escurría por los enormes ojos que le abrió la noche. Como lo refiere Jacobo Sefami en una entrevista que la poeta le concediera durante una estadía en Nueva York, la poesía de Olga Orozco fue una “persistencia en la búsqueda de la revelación, de ese otro lado desde el cual se explica la propia realidad mutante y escurridiza”. Esto que bien precisamos leyéndola.

Como si fueran sombras de sombras que se alejan las palabras,
humaredas errantes exhaladas por la boca del viento,
así se me dispersan, se me pierden de vista contra las puertas del silencio…

Pudo incidir en esa su particular percepción, el trato que de niña tuvo con su abuela, quien tenía una visión animista del mundo, heredada de sus antepasados celtas. Ella transmitía oralmente a la niña toda esa visión mágica que la acompañaba desde la sangre. Le refería que todo lo que nombramos mundo, era movimiento perpetuo, en que las cosas, los objetos, están siempre al acecho de nosotros, para bien o para mal, para revelarnos algo o para perturbarnos, para salvarnos o para arrojarnos al insondable abismo. A diario la abuela le relataba cuentos fantásticos, que de seguro su memoria ya fatigada por los años modificaba constantemente. No faltaban en esos cuentos toda esa progenie de maravillas y sortilegios: duendes, demonios, hadas, extraños y asombrosos animales, que fueron poblando la imaginación de la niña. En principio, estos cuentos le infundían miedo, pero pronto esto fue desapareciendo, porque a fin de cuentas “la abuela se las arreglaba para que hubiera salvaciones milagrosas”, dijo.

Lo otro que sin duda hizo más febril su imaginación fue el paisaje de su natal Toay, ubicada en la árida pampa argentina, poblada de dunas, lo cual ella refirió de esta manera: “de chica he visto los médanos cambiar de lugar de un día para otro, porque el viento sopla con fuerza. Se supone que allí hubo un mar en alguna época; la arena es como arena marina. Es bastante extraño asomarse a una ventana y no ver el médano que estaba antes de ayer… como hay grandes zonas desérticas, sin vegetación, cada pequeño objeto –un hueso, una piedra- toma un relieve importantísimo, desmesurado, como podría ocurrir dentro de un cuadro surrealista”. Intuimos, como habitantes también de zona árida, que cualquier presencia aislada adquiere en este medio las características de una revelación, de una aparición súbita. Ella lo expresó mejor así: “El horizonte es inmenso por todos lados; los atardeceres son interminables, melancólicos. Entonces, entre eso y la ascendencia siciliana, que todo lo hace excesivo, que todo lo convierte en más: los perfumes, los colores, la luz… naturalmente sale una naturaleza desmesurada, como la que tengo”.

Inferimos que a ella el surrealismo le venía por naturaleza, claro todo esto que vino a constituir su particular visión poética fue matizada por la relación que tempranamente estableció con otros poetas, aquellos que fueron sus compañeros de ruta, la llamada generación del 40, especialmente con Enrique Molina y con Aldo Pellegrini, autor éste de la Antología del Surrealismo en América que fuera elogiada por André Bretón. Por afinidades estéticas, más que conceptuales, a Olga Orozco también se le relaciona con otros poetas de los cuarenta y cincuenta, posteriores todos a ese primer momento de la vanguardia hispanoamericana que tuvo a Neruda y a Vallejo como influyentes: los chilenos Humberto Díaz Casanueva y Gonzalo Rojas, los venezolanos Juan Lizcano y Juan Sánchez Peláez, los peruanos César Moro y Emilio Adolfo Westphalen, el mexicano Octavio Paz y el colombiano Álvaro Mutis, entre otros. Claro, en todo esto cabe la propia aclaratoria de la poeta, lo cual permite reconocer el cauce y curso que siguió su creación: “… yo nunca pertenecí al surrealismo, por más que me embanderen también en él. Hay una actitud semejante ante la vida, tal vez. Porque hay una gran valoración de lo onírico, de los diversos planos de la realidad (no precisamente del inmediato y visible), de las sensaciones, del mundo mágico, y sobre todo una exaltación del amor, de la libertad, de la justicia. Es decir, sólo actitud ante la vida, pero yo nunca hice escritura automática; y si intento hacerla, me desvío a la plegaria”.

Cuando falleció, Ana Becciu quien fue una de esas amistades entrañables con las que Olga Orozco compartió los últimos treinta años de su vida, escribió para Letras Libres un sutil y hondo retrato, del cual entresacamos este párrafo que nos precisa mucho más la posible genealogía de la autora de Los juegos peligrosos y de otros libros capitales de las letras hispanoamericanas. Becciu afirma allí que “tan decisivo como el surrealismo para su poesía fue su temprana lectura del poeta lituano Lubicz Milosz y del español Luis Cernuda. Siempre leyó a Milosz, siempre hablaba de él, sabía muchos de sus poemas de memoria y los recitaba a menudo. Hasta el último día de su vida en la mesa del comedor de su casa tuvo al alcance de la mano la antología de poemas de Milosz traducidos por Augusto D'Halmar en 1922… El verso largo del lituano Olga lo transformó y lo moldeó hasta convertirlo en el instrumento característico de su poesía: su verso libre adquiere proporciones de versículo portador de imágenes subconscientes u oníricas muy coherentes, que dan por resultado poemas perfectamente estructurados. "Nunca he pasado de una línea a la siguiente si la anterior no estaba perfectamente admitida por mi conciencia", dijo en una ocasión. No tiene equivalente en la poesía argentina. Es un arte del que sólo ella tuvo el secreto. Tan imposible es de imitar que supongo que puede ser una razón para que no haya tenido seguidores”.

Entre sus confesiones, siempre profundas, resulta interesante saber que de niña y de adolescente la poeta leyó mucho la Biblia y que tal vez sea de allí que le vino ese ritmo salmódico que caracteriza sus poemas, cercanos a la plegaria. Desde luego, no basta con indagar el posible génesis de su obra, sino comprendiéramos que tras esta concepción de la sacralidad del verbo poético, está toda la tradición del Romanticismo alemán, el cual le fue decisivo en el sentido de revelarle el carácter sagrado de la palabra y a la vez advertirla sobre los riesgos que entraña el trato con ésta; es decir, la locura, ese castigo que los dioses infligen a quienes sobrepasan los límites de lo estrictamente humano. En vida a Olga Orozco no cesaron de perseguirla eso que ella llama angustias extremas, por ejemplo eso que señaló a Sefami, eso de haber sentido muchas veces una especie de extrañamiento de su propio cuerpo, experiencia llevada al extremo en Museo salvaje, pero que está presente en toda su poesía:

Me moldeó muchas caras esta sumisa piel,
adherida en secreto a la palpitación de lo invisible
lo mismo que una gasa que de pronto revela figuras
emboscadas en la vaga sustancia de los sueños.

La cabeza suficiente
y alucinada de Juan Sánchez Peláez

por César Seco





Somos del linaje oscuro que hacia lo claro viene
Hölderlin

1

Tocamos. El tono sureño de una voz de mujer vino del fondo de la casa. ¿Quién? Nada más entreabrir la puerta se dio vuelta hacia adentro y dijo: -Juan, son los muchachos-. Habíamos llamado con antelación y acordamos vernos no más allá de la seis de la tarde, pero un imprevisto en el metro nos retardó. Eran ya pasadas las siete y ahí estábamos esperando verlo. Se trataba de un poeta de verdad y estaba a punto de conocerlo personalmente, me decía. Me acompañaban Benito Mieses, Stephen Marsh Planchardt y Hermes Vargas, amigos poetas, quienes cedieron gentilmente a mis constantes ruegos cada vez que iba a Caracas. Luego, ya adentro, supe que quien vino a recibirnos era la mujer que lo había transfigurado y había dejado que la poesía hiciera el resto, Malena. Ella nos pidió esperar un instante y volvió al fondo de la casa. Escuchamos voces y luego más nada. Uno de nosotros dijo: -Ojalá pueda recibirnos-. El espeso silencio de la espera se echó cual celoso animal a nuestros pies. No sé por qué, pero tenía la convicción de que nos recibiría y en efecto, su mujer regresó, delicada y amable nos abrió la puerta, seguidamente pasamos a una pequeña sala amueblada con sencillez y de cuyas paredes pendían unas pocas obras de arte de renombrados artistas, en su mayoría surrealistas. En un segundo, el ruido contumaz de la ciudad se apagó en mis oídos y sentí como si atravesara un espejo y posara mis pies en un recinto acogedor, sin más avío que mi timidez provinciana.

El poeta estaba sentado al final de la casa, en un estar que viniendo del corredor daba al patio. Campaneaba un whisky en compañía de un joven que me pareció excesivamente snob, que inhalaba  de su pipa una aromática picadura que parecía ir entre todo alrededor: altos árboles, cántico de pájaros y un delgado hilo de agua que bajaba del Ávila y sobrevivía a la devastación urbana evidente más allá de ese patio. Después que nos presentaron supe que el joven se llamaba Gonzalo Ramírez y, al tratarlo brevemente, de inmediato hicimos una amistad que se sostiene hasta hoy sin fisura alguna. El poeta nos invitó a tomar lugar con su voz apagadita, evidentemente tropezada por el whisky y por los años. Yo estaba absorto mirando sus gestos, aguzando mis oídos para no perderme el mínimo timbre de sus palabras, recordaba nítido aquel verso: “Suenan como animales de oro las palabras”. Al rato advertí que el poeta mostraba una cariñosa aptitud paternal con mis amigos, no exenta de chanzas, de punzante ironía y entonces comencé a verlo distinto, a verlo como el hombre que era, tristísimo y jovial al mismo tiempo, enfático a veces y otras lacónico, suplicante, como el niño que escarba la claridad entre la oscuridad de las palabras, tal como en sus poemas, donde tal oscuridad queda escindida. Nada había en él de esa arrogancia maquillada de erudición avistada en otros escritores con los que me había topado en Sabana Grande y en los predios de la Universidad Central. Aunque la apariencia ebria del poeta lo negara: estaba frente al más grande poeta venezolano vivo: Juan Sánchez Peláez. Estábamos en su casa de Altamira.

Esto ocurrió a principios de los años 90, si mal no recuerdo en el 91, pero a Sánchez Peláez lo leíamos desde entrados los 80, un grupo de muchachos que abandonamos las aulas de clase decididos a ser poetas, en el desmedido afán de los que quieren interrogar al misterio sin saber que en eso se puede llegar a perder los ojos y el sentido, como le ocurrió a Edipo. Pocos eran los nombres a los que podíamos acudir entonces para que alumbraran la orfandad de nuestras sombras. En nuestro entorno sólo dos nombres, dos poetas, eran ya parte de esa luz intermitente que buscábamos ansiosos: Rafael José Álvarez y Paúl González Palencia, éste último, como el propio autor de Elena y los elementos, se había procurado su viaje a París en velocípedo, como gustaba decirnos en un viejo taller, tras una oriental de sexo ínfimo y la huella de la tropa que comandaba Bretón. Al primero lo teníamos como el oráculo que nos revelaba “la fórmula y el lugar” de la comarca en las cuencas vacías de una cabra que cruzaba el viento en la noche embrionaria de nuestras vidas. Entre las cosas que diferenciaban a estos dos poetas, una los hacía coincidir: ambos admiraban la poesía de Juan Sánchez Peláez y nos lo dijeron temprano como para que no perdiéramos la oportunidad de ver a través de la perla mágica. Pero fue uno de nosotros, Emilio Chirinos, quien vino una tarde, se plantó como un esgrimista dispuesto con filosa espada, abrió un libro de carátula insistentemente manoseada; apenas si nos dio tiempo de leer el título: “Un día sea”, y nos leyó pausadamente en algún punto de la soledumbre coriana, Profundidad del amor:

Las cartas de amor que escribí en mi infancia eran memorias
de un futuro paraíso perdido. El rumbo incierto de mi
esperanza estaba signado en las colinas musicales de mi
país natal. Lo que yo perseguía era la corza frágil, el lebrel
efímero, la belleza de la piedra que se convierte en ángel…


Cuando terminó todos estábamos henchidos de aire, como levitando, callados. Todo lo que ansiábamos, todo lo que estaba a punto de ocurrir y lo que aún no: los amores y los desamores; la mujer que buscábamos y la que nos salía al paso con la luz sedosa del deseo; el encuentro y desencuentro con el país en que nacimos; la esperanza y la desesperanza a un mismo tiempo como reloj de plomo fundido en el pecho. En el semblante un solo pálpito nos dibujaba el porvenir como ensoñación magnífica y atroz a la vez, porque después de esa lectura sólo quedaban restos de ignorancia en ceniza revuelta y el arrojo era intentarlo así todo pareciera estar hundido en nuestros bolsillos vacíos. A esto le sucedió algo así como un dejá vu. La turbina de esa resonancia sonaba aún adentro nuestro, seguro, distinta para cada uno antes de irnos a casa; todas las pequeñas victorias y las derrotas, incluso por sobre nosotros mismos, en mi caso, por sobre la comarca prejuiciosa de donde provenía, aldea indiferente que había preferido vivir de espaldas al mar y a sus poetas; todo ello estaba en ese canto; toda nuestra mínima comprensión de la vida, nuestro ínfimo átomo de claridad, toda la larga sombra de la incomprensión, de sabernos desprovistos, de sostenernos tan sólo en la palabra, de la que poco o nada sabíamos, la cual sospechábamos se nos había dado como maldición o castigo por desobedientes, por no querer ser lo que la familia quería, lo que la sociedad indicaba; instrumento que no sabíamos maniobrar y que sabemos nunca llegaremos a sujetar del todo, instrumento que ingenuamente creíamos ostentar desconociendo el inminente peligro o la volitiva gracia, como jugando con brasas del fogón familiar. Sí, en la lectura febril que iniciamos de la poesía de Juan Sánchez Peláez, teníamos un puño de luz en lo oscuro de nuestras sombras.
Poemas Éditos e Inéditos
1984-2016



De:  La tañedora, (1984)


A UNA CIUDAD QUE SE LLEVA EN LA SOMBRA 


Hay muertos en la calle desierta
hay muertos en el puente y en el bar
hay muertos con una sola mano
en la lenta esquina de la noche
hay muertos en la gran hoja del cielo
y en el rocío sujetan la luna morada de los días
los niños vuelven de las plazas
con una niebla de caballos
en los ojos de los muertos
los insectos devoran el agrio vestido de la hierba
hay muertos que cantan una canción de ramas
hay muertos que andan descalzos por un jardín roto
y no les importa el suelo ni el árbol que grita
en el fondo del aire


Poesía 1994-2011




De: Oscura Fotosíntesis del Día (1994)


MIGRACIÓN


¿Se puede vivir sin poesía?
Tal vez.
Tal vez haya quienes siempre aprisionen
 a sus pájaros.
Mas yo no puedo evitar que los míos
vayan buscando por la vida y por la muerte
los puertos amarillos de Neruda



ENTRE LO DICHO Y LO NO DICHO

Uno como que inventa los días,
cuenta con ellos sin contarlos;
los imagina en fila india tras la puerta
siempre fieles a cualquier convocatoria.

Pero sucede que a veces
los días también juegan con uno,
lo cuentan, 
lo imaginan,
lo extienden y destienden
sobre la soledad como a los pájaros
y uno no sabe por qué rayos
el viernes comienza a ser domingo, 
el domingo desierto,
el desierto cansancio,
hasta que irremediablemente,
entre lo dicho y lo no dicho, 
uno descubre que ha caído lejos del remanso,
que precisa de la poesía más cercana,
que tiene sed del corazón de Sonia.


«Versiones» de Rodolfo Godino: 
poesía y vida a través 
de tres poetas «clásicos»
Elisa Molina



Dos son las coordenadas en las que cabe inscribir la lírica de Rodolfo Godino: por un lado, el rigor de la forma y el acierto metafórico; por otro, una actitud en la que el elemento reflexivo indaga implacablemente la realidad personal. Ésta emerge de manera decidida a partir de Elegías Breves (1999), en poemas en los que la materia emocional y el motivo elegíaco no condescienden jamás a la exposición directa del sentimiento, ubicándose en las antípodas de cualquier derivación romántica, (vitalismo, surrealismo, espontaneísmo). Acaso por todo ello haya recibido por parte de la crítica actual, encabezada por Javier Adúriz, el título de poeta post-clásico, cuyo sentido creo que debe ser entendido en el contexto del panorama lírico a partir del 70, en confrontación con otras tendencias: neo-romántica, neo-barrosa, neo-objetivista, postmoderna. En efecto, la connotación hacia lo clásico en la poesía de Godino es notoria: ya en esta denominación del libro de 1999, aparece en la demarcación del subgénero poético “elegía”.
No obstante, los motivos provenientes de la historia literatura griega se circunscriben de manera explícita a una serie de poemas de su libro Centón1 de 1997 referidos estrictamente a la poesía (no al mito), detalle relevante, pues hace referencia a una de sus preocupaciones centrales, vinculada al sentido y origen del poema.
En este grupo bajo el título Versiones encontramos cinco poemas: “Sobre Kavafis”, “Tres lecciones de Calímaco”, “Los amantes de Paros”, “Final de Arquíloco” y “Un fragmento”. El conjunto comparte el denominador común de su alusión a “lo clásico”, aunque los poetas a los que hace referencia o los fragmentos que funcionan como hipotexto no pertenecen estrictamente al período clásico griego. En un sentido amplio, podemos considerar que Kavafis, Calímaco y Arquíloco son clásicos de la literatura, en tanto que forman parte del canon de la tradición, pero además, importa para la consideración de este conjunto que el autor haya reunido en una sección composiciones asociadas con autores cuya lengua poética fue el griego. Otra afinidad presente es la auto-referencialidad: el enfoque temático es producto de una selección peculiar entre las múltiples connotaciones que los mismos nombres de los líricos escogidos evocan en términos de poéticas. El eje que los liga es el agónico vínculo entre poesía y vida.


La literatura en Iquitos



     
La ciudad de Iquitos es una de las ciudades más jóvenes del Perú; sin embargo, ha tenido un proceso de modernización y urbanización paralelo al de las demás ciudades del país, principalmente a partir de la segunda mitad del siglo XX.

Por esta razón, no debemos extrañarnos que la primera novela urbana en el Perú sea amazónica y tenga como escenario los barrios pobres de Iquitos: Días oscuros, de Francisco Izquierdo Ríos, publicada en 1950 y expresión de la miseria en Belén, el barrio curiosamente más turístico de la ciudad. O también que la primera revista infantil en el Perú sea amazónica, Trocha, fundada por Francisco Izquierdo Ríos en 1942 y que acogiera a profesores y poetas que querían expresar sus anhelos pedagógicos mediante la literatura.

Podemos añadir más muestras de desarrollo literario urbano paralelo con otras ciudades del país. Lo que nos interesa es señalar que desde sus inicios la Amazonía, e Iquitos en particular, ha vivido un proceso de desarrollo y de producción literaria bastante rico y complejo, y que por múltiples razones no ha sido insertado en los estudios académicos y críticos. Esta aproximación pretende ser una muestra de las publicaciones más importantes de la literatura desarrollada en Iquitos y que han marcado las pautas de su producción contemporánea.

Poesía  Reunida*
Textos seleccionados y organizados por Carolina Zamudio




EL PRIMER MOMENTO 


En el primer recodo 
que es el lugar de donde vengo 
sentada en una silla 
estás lejana y tierna 
esperándome 
para iniciar el camino de la vida. 



MERCEDES


Doblado el delantal entre las manos,
las gruesas venas
subiendo por tus piernas,
la espuma del leño verde
entre las llamas
y el olor a pan caliente
aferrado a tu cuello.

No solo un recuerdo
ni una viajera hacia el olvido...
Eras un ser vivo en la vida.

El animal que somos
Textos seleccionados y organizados por César Seco




De: Nuevo Mundo Orinoco (1959)


BOLÍVAR

Entre los agostadores
los que mantienen abiertos los ojos del cuchillo,
entre los crueles, los monstruos del relámpago,
entre los animales humanos de la guerra,
entre las patas, heridas, llamas, alaridos,
brotando de la sangre, despunta al fin Bolívar.

Más joven que su muerte andante y próxima
tan joven para los años que le esperan
tan lleno de furor puro, de esperanzas,
tocado por el crimen, como todos,
ebrio de un fuego por vencer la muerte
pero también capaz de detenerse
para aspirar la flor gratuita, vana,
para soñar algún sueño en que se mira
con los pies en el lodo, con la frente en la estrella.

Bolívar peleaba por su pan de Independencia
con frenéticas hambres de iluminado
caía al fondo de sus iras
ensuciaba sus alas juveniles
se arrastraba sobre esponjas de barro
lleno de costras, de escamas, de hojarasca,
sacaba su garfio, su zarpa, su hocico de hombre de guerra
tatuado tenía el cuerpo de presidiario de la muerte
de matador de canarios y españoles
de gran sembrador ensangrentado.

Rachas de pánico le cruzaron
cuando quiso contener las crecientes, el diluvio,
las tribus retemblantes de los hombres caballos..
Nadó entre corrientes fragorosas
entre torbellinos de rebaños acuáticos
alcanzó alguna orilla batida por las olas
se derrumbaban las montañas del trueno
llovía un crepúsculo, un ejército en derrota
caía ceniza funeraria de las fugas, de los éxodos,
subía el nivel del agua de la muerte.

Clarea sobre el mundo a pesar de la guerra
amanece a pesar de la derrota
un ave con alas de palmera real
vuela en la aurora a pesar del exilio.
Entonces Bolívar se levantó de su sueño
lo despertó, profundamente, a la mañana en ciernes
lo soñó, por primera vez, lúcido y despierto
atravesó su cristal sin quebrarlo
fue traspasado por el rayo de imágenes.
Visión y visionario fueron un mismo hombre
compartiendo un mismo desayuno frugal
en ese primer día insular del destierro
en esa jornada de juntar los pasos,
de pisar firme sin aplastar la nube,
de recorrer lo andado hacia el futuro.

Boves en Urica se quebró como una lanza.
Bolívar saltará la bocado sus palabras sueltas
las arrojará al voleo sobre las turbas revueltas
cabalgará los enlutados caballos solares
ganará un ejército de vástagos verdes,
de raíces viudas, de h humus, de libertos en armas.
Mudará  de piel en el tórrido verano guerrero
dejará entre los helechos su casaca mantuana
su capa quebradiza y seca, su uniforme vacío
le vestirá  una luz matinal de victorias.
Bajarán lentamente las aguas tenebrosas
aflorarán las cimas lucientes y chorreantes
como lentas tortugas marinas,
aún no habrá cruzado la paloma ni crecido el arco iris.
Su voluntad de fundación le irá quemando.
Sufrirá por sí mismo y por los otros
por el presente ciego y el porvenir herido
por su visión de paz y su verdad de guerra;
llorará alguna vez sobre una piedra,
creerá haber arado un mar de lágrimas pétreas
pero las fieras regresarán a su guarida
se ocultarán en su espesura de libertador
se amansarán un tiempo al influjo de su canto
empezará a verdecer el yermo, a ser de todos la esperanza
resplandecerán los territorios emergidos
y entre las ramazones de la guerra
en la extremidad de sus disparos
surgirá un firmamento de yemas delicadas.

¡Bolívar, ay, Bolívar tan mentido!
En este tiempo de prisiones
de ejércitos voraces salidos de su cauce
-revueltos espadones, creciente agostadora-
nadie labora tus campos estelares
nadie vela tu insomnio que palpita
de viento a viento como una llamarada
nadie oye crujir tu impaciencia
en las maderas nocturnas, en los bosques
nadie bebe tus palabras sangradas
en tu exilio, en tu isla y en tu asfixia
cuando pensaste con peso de huerto de agonía
de planeta de plomo tenebroso
y hablaste de una imposible mano abierta
de un pueblo sonreído
de un tiempo de estatua consagrado
de un ala de laurel constante
de un rayo de aire libre.

Acabó tu violencia amando sin remedio.
Repartiste entre todos la victoria
y un sueño de países tomados de la mano.
Quisiste armar la paz con letras, libros
quemar la guerra con su propio fuego;
quisiste hacernos hombres
                                          ¡no soldados!

¡Bolívar, ay Bolívar! ¿Quién te cumple?
¡Cuánta historia rebotando de eco en sombra!
¡Cuánto nombre arrojado a los cerdos!
¡Cuánto Bolívar invocado en vano!

                            *

De la guerra brotará un cielo de verdura
que se convertirá en guerra
de la que brotará un nuevo cielo verde
que agostará la guerra
hasta que reine un día el verde eterno.

Ahondando en la bruma, en el vacío, en el fuego
bajaron a la muerte los soturnos caciques
los conquistadores tiznados por hogueras auríferas
los reyes negros con los ojos en blanco
y en su sitio terreno, bajo el sol clamoroso,
quedaron los hijos repitiendo sus gestos,
los hijos que bajaron también a la muerte
ahondando en el vacío, los incendios, la niebla
y dejando en su sitio terreno, repitiendo sus gestos
a los hijos, a sus hijos mortales
que bajaron también a la muerte dejando a sus hijos
quienes siguieron cavando las minas de la muerte
mientras sus hijos cambiaban granos y monedas
alzaban torres, hollaban los caminos
y bajaban a la muerte dejando a sus hijos
bajo el sol clamoroso, repitiendo sus gestos...

Los hijos de todas las razas
de todos los metales y materias terrenas
tejen los hilos  de un bordado inacabable
de una indetenible danza de cintas
ensartan un collar de rostros y de calaveras
se extienden, de hijo en hijo, los dominios de la muerte
las comarcas de grutas, cascadas y estrellas pétreas
las galerías de sales y de fuegos fríos
el imperio de los resurgimientos y de las fuentes,
hasta el día perfecto de la eternidad.



Poemas 2013-2015





ÉL

Hay un pez en su lengua nadando profundo hacia afuera.
Hay un pájaro volando hacia donde la luz insiste, adentro.
Nunca ha actuado en perjuicio ajeno; aprendió a ver,
a decir o callar, según fuera el momento.
Un afable río su rostro. Una hendidura su ceño.
En el aire que escurre su camisa
escuchas el organillo dócil de su alma escribiendo esto.

*

Prefiere apartarlos, prefiere no causarles eso
de tener ahí al lado lo que sacude el suelo;
envuelto en sábanas pulcras como quiso su madre
antes que bajara de no sé donde la bestia y le asestara
el hacha en el medio y un sol otro lo llevara oscuro lejos
y fuera el niño que despierta en otra parte del sueño,
desnudo.

*

Busca que sus pies no estén uno sin el otro.
Lo desvela la canción muda de los astros.
La vida lo hiere y lo compensa de esta manera.
Prefiere que nada interfiera entre Dios y él.
Aprendió a callar, aprendió a oír a las piedras.




Por más que en la noche la luna*




QUIZÁS PENSABA


…el soliloquio obsesivo, el aforismo.
En otro plano, la avanzada del agua:
contra el azul del cielo, la leve
nube gris que asoma en el cuadro y pasa.
Los ojos que la miran habrán también envejecido
como los de todas las chicas de la isla,
más tenues que el aroma del aire,
figura y móvil luz en el dialecto
que nos resulta extraño pero dice:

para mí el soplo del Céfiro, todavía


El mar que en mí resuena
(Selección)
   



II


Ardo despacio y puedo
contemplar mi llama.
Mis manos de rara estirpe que entrelazan las flores
y dibujan las cifras.
Mi exacta piel, mis ojos
que recogen la luz para inventar las formas.
Ardo despacio
lumbre de amor de sangre de misterio.
Éste es mi valle nocturno.
La jaula de hechizos desde donde creo
que alguien sueña por mí.


     
     
IV


Los signos me acompañan
mis extraños amigos
fieles a una desconocida arquitectura
a la que estoy uncida desde el hueso.
Me miran rostros, pájaros, ramajes,
altas constelaciones.
Una piedra sellada por la música
es un signo de amor indescifrable.
Siento el pavor de un reino que no me pertenece
pero busco sus huellas.
Señales, talismanes,
estamos anudados por un pacto secreto.